En un mundo en el que muchos de nosotros podemos trabajar desde cualquier lugar y en cualquier momento, la línea que separa el trabajo de la vida personal se ha difuminado. Aunque la flexibilidad puede ser una verdadera ventaja, también hace que resulte fácil no desconectar nunca del todo, y eso es una receta para el agotamiento.
Establecer límites no significa estar menos comprometido con el trabajo. Se trata de proteger tu capacidad para desempeñar bien tu labor a largo plazo. Las personas que mantienen de forma constante unos límites saludables suelen ser más productivas, más creativas y menos propensas al agotamiento.
Empieza por definir tu horario de trabajo y comunicarlo con claridad. Esto puede implicar añadir tu horario a la firma de tu correo electrónico, configurar tu estado en las plataformas de mensajería o, simplemente, informar a tu equipo de cuándo no estarás conectado. Cuando termine tu jornada laboral, cierra el portátil. Si puedes, trabaja en un espacio específico para que, al salir de él, también te alejes mentalmente del trabajo.
No pasa nada si no respondes a los correos electrónicos de inmediato fuera del horario laboral. A menos que se trate de algo realmente urgente, la mayoría de los asuntos pueden esperar hasta el siguiente día laborable. Si te preocupa perderte algo importante, puedes configurar notificaciones para contactos o palabras clave específicos y silenciar el resto.
Los límites también se extienden a la forma en que hablas del trabajo durante tu tiempo libre. Si te das cuenta de que no paras de darle vueltas a los problemas del trabajo durante la cena o los fines de semana, quizá valga la pena que dirijas tu atención de forma consciente hacia actividades que te ayuden a recargar las pilas.
Establecer límites puede resultar incómodo al principio, sobre todo si la cultura de tu lugar de trabajo tiende a exigir una disponibilidad constante. Sin embargo, dar ejemplo con unos límites saludables suele animar a los demás a hacer lo mismo, lo que beneficia a todos.