Es fácil olvidarse de beber agua durante una jornada laboral ajetreada. Entre reuniones, plazos y el ritmo general de las tareas, la hidratación suele quedar relegada al último lugar de la lista de prioridades. Sin embargo, incluso una deshidratación leve puede provocar dolores de cabeza, fatiga, dificultad para concentrarse e irritabilidad, factores que hacen que el trabajo resulte más difícil de lo necesario.
Una buena pauta general es intentar beber unos ocho vasos de agua de 250 ml al día, aunque las necesidades individuales varían en función del tamaño corporal, el nivel de actividad y el entorno. Si trabajas en una oficina con climatización, es posible que no sientas sed aunque tu cuerpo necesite más líquidos.
Una estrategia sencilla consiste en tener una botella de agua en el escritorio y dejarla a la vista. En lo que respecta a la hidratación, lo que no se ve, realmente no se tiene en cuenta. A algunas personas les resulta útil utilizar una botella con marcas de tiempo, para poder distribuir su consumo a lo largo del día.
Si el agua sola no te apetece, prueba a añadirle rodajas de limón, pepino o bayas frescas para darle un poco de sabor. Las infusiones también cuentan a la hora de calcular la ingesta de líquidos. Los alimentos con alto contenido en agua (como los pepinos, la sandía, las naranjas y el apio) también contribuyen a tu hidratación.
Un hábito muy útil es beber un vaso de agua nada más levantarse, otro antes de cada comida y otro cada vez que te tomes un descanso. En poco tiempo, se convierte en algo natural.
Mantenerse hidratado es una de las cosas más sencillas que puedes hacer para mantener tu energía, tu concentración y tu bienestar general a lo largo de la jornada laboral.